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El Batallón Sagrado de Tebas 1: Erastes William Seed forja su vínculo de amistad con Eromenos JJ Knight siendo follado y metiéndole lefazos en la boca | MEN

Si en nuestra mano estuviera poder hacer viajes en el tiempo a placer, que a nadie le quepa la más mínima duda de que la antigua Grecia estaría superpoblada. Hombres de belleza inigualable con cuerpazos de auténtico vicio a los que poco les importaba si era carne o pescado, si con eso pasaban un buen rato follando y dando placer a sus esculturales cuerpos.

Para poder gozar de esos placeres, a cambio tendríamos que sacrificarnos con esfuerzo y, a veces, con nuestras propias vidas en el campo de batalla, como les pasó a los 300 del Batallón Sagrado de Tebas, 150 parejas de hombres formadas por un miembro de mayor edad, el conductor, y otro más joven a su cargo, el compañero, que llegaron a ser amantes, educados en los gimnasios donde eran comunes las prácticas homosexuales.

Cierra los ojos e imagina a todos estos santos varones paseando y combatiendo desnudos, disfrutando de la recompensa tras el esfuerzo, todos esos cuerpos musculosos y sudados con las pollas tiesas deseosas de meterse por los huecos de cualquier culo o boca que se pusiera a tiro. Montones de pollas mamadas y pajeadas, cuerpazos mojados de sudor y semen de los compañeros de guerra.

Lealtad, fidelidad y moderación. Un ejército de hombres con una educación basada en un fuerte vínculo de amor y amistad será invencible. Todos han contado su historia, algunos nunca aparecieron, pero nadie ha conseguido jamás introducirse en el día a día de estos luchadores, en la forma en la que el conductor enseñaba al compañero para lograr ese fuerte vínculo afectivo incapaz de romperse.

La historia comienza a los pies de una cascada, donde el futuro compañero Eromenos ofrece su cuerpo y su alma a su conductor Erastes sellando la unión con un beso. Esta pareja de guerreros, al igual que las otras 149, eran respetados por otros hombres dedicados a darles todo tipo de cuidados y placeres para perpetuar la unión. La limpieza, el aseo, la alimentación. Nada les faltaba. Si una vez propiciasen el encuentro, eran capaces de hacer que entre los dos surgiese un flechazo de deseo, su cometido habría resultado todo un éxito.

El flechazo fue inmediato. Erastes permanecía desnudo de pie tras la cama, imponente, despampanante, firme, decidido, con su entrepierna empalmada mirando al frente. Eromenos echó a andar hacia su cuidador y, mientras lo hacía, su enorme rabo largo se contoneaba a cada paso que daba. De rodillas sobre la cama, sus labios se besaban, sus manos se tocaban y sus pollas erectas se enzarzaban en una simulada lucha de poder.

El fuerte vínculo de amistad se forjaba de una manera precisa. Eromenos agachó la cabeza, abrió la boca y se comió todo el rabo de su conductor. No había mejor forma de ganarse el respeto y el amor de un hombre que chuparle lo más sagrado de su cuerpo. Erastes le agarró por detrás de la cabeza y empezó a follarle la boca metiéndole una culeada.

Los dos sentían que la energía comenzaba a fluir por sus cojones. La gorda polla de Erastes naufragaba en el interior de la boca de Eromenos, embadurnada de saliva con sabor a frutas. Habían sido educados por Górgidas para dar y recibir placer a partes iguales. Erastes estaba tan satisfecho con su compañero que le dio a probar todo su enorme culazo griego. Se pajeó la polla con dureza mientras Eromenos perdía los morros entre su raja.

El conductor no era necesariamente el que daba y el compañero no tenía que ser siempre el que recibía. Aunque el miembro de mayor edad fuera más experimentado en las luchas y devenires del amor, el secreto del vínculo afectivo residía en darse placer mutuo basado en el momento y en lo que ellos sintieran que tenían que hacer.

Eromenos metió su largo y ahora gordo y gigantesco rabo dentro del culo de su conductor. Erastes gemía de gusto a la vez que llevaba una mano al punto de encuentro entre la polla y su agujero. Tocaba ese gran rabo con sus dedos y se volvía loco de placer. Pasaba de estar a cuatro patas a ponerse de rodillas para besar a su pareja. Era innegable lo mucho que le estaba gustando y eso se reflejaba en lo empinada que estaba su polla, tan dura como una roca.

Quizá mañana no existieran por la derrota, quizá mañana tuvieran que celebrar una nueva victoria, pero de lo que no cabía duda era de que sus lazos afectivos estaban empezando a estrecharse de alguna forma inexplicable, de hombre a hombre. Erastes se tumbó boca arriba y se dejó follar por su compañero mientras le acariciaba con puro amor. Le estaba empalando con un rabaco por el culo y sabía, tenía la certeza de que mañana en la batalla daría todo, su vida si así fuera necesario, con tal de vivir otra noche de pasión como esa.

El pollón le ocupaba todo el hueco del culo y unos grandes cojones luchaban por llegar a golpear la dureza de sus nalgas. Erastes dejó a su compañero tumbado sobre la encamada y se sentó encima de él clavándose toda su larga polla. Fuera de sí, empezó a culear cada vez con más fuerza, a tocarse el cuerpo con las manos, a tocar la bolsa de los cojones de su compañero, lo poco de rabo que aún quedaba fuera del alcance de su preciado ojete.

Se sacó la polla del culo y acudió raudo al encuentro con su compañero. Le colocó el cipote justo en el hueco de la boca y comenzó a meterle dentro todo el semen, después de que los primeros chorrazos de lefa caliente salieran disparados por un error de cálculo matemático e imprevisible que a ningún hombre se le tenía en cuenta.

Eromenos dejó que su conductor vaciase todo el amor de sus cojones en el interior de su boca y esperó a que se rindiese para chupar con su lengua y sus morros bañados en semen el capullo de esa irresistible polla lechera. Con el sabor a macho en la boca y los lefotes surcándole las mejillas, se zurció su propio rabo y se dejó la leche encima. ¿Acaso dos hombres que habían sido educados para saborear el semen de sus pelotas serían menos fuertes que otros dos que no conocían la delicia de esos manjares?

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