Aventuras de Verano 1: Pierce Paris y Jean Franko se follan con sus grandes vergas | MEN

Sentado sobre las rocas o paseando por la arena de la playa, recuerdas ahora, en los días de septiembre, últimos coletazos del verano, lo bien que lo has pasado, lo mucho que has chapoteado con tu rabo dentro de un montón de culos y te entra una sensación de pérdida que sólo se puede llenar intentando aprovechar al máximo esos últimos días.

Por eso Jean Franko aprovecha cada oportunidad y no duda cuando un tiarrón alto, apuesto y fornido le hace un gesto para ir a cualquier parte. Para Pierce Paris, que lleva todo el verano acostumbrado a hacérselo con niñatos imberbes, el cuerpo de Jean es como un monumento al hombre macho. Le soba los pectorales con ansias. Por fin un pecho peludo al que agarrarse.

Cuando Jean le quita los speedo, comprende por qué ese tio anda regalando amor por las playas. ¿Cuánto pesa ese pollón de textura suave y gordaco? Póngame cuarto de kilo de rabo. Jean se la agarra con una mano y la pesa al tuntún. Esa polla cuelga como una bicha y lo mejor es que todavía está por crecer. Lo está haciendo en ese momento, porque al ponerse morcillona empieza a coger dureza por el primer tercio, un primer tercio que ya es como una sola polla de un hombre normal, así que imagina tres.

Cuántos chavales inexpertos y con muchas ganas se habrán ido contentos a la cama habiendo sido desvirgados por esa mole. Jean sabe apreciar las buenas pollacas y alterna el vicio de mamar y llenarse la boca con el de mirar esa escultura de cerca, es como ir al Louvre y quedarse mirando La Gioconda y querer tocarla, solo que aquí sí se puede tocar, y chupar, y colarse el rabo por la garganta si te apetece.

Está tirado sobre la cama rindiendo tributo a su gran herramienta que se va poniendo dura y cuanto más dura se pone, más cuelga, poderosa, entre sus piernas, más ganas entran de arroparla entre los labios. No tiene suficiente pero Pierce también quiere comer rabo. Tiene uno de lujo a la espera, morenote, gordo y con nada que envidiarle al suyo.

Jean se tumba en la cama. La cabeza de Pierce hace amplios movimientos de arriba a abajo. Jean eleva un poco la cabeza para verlo. Le mola cuando un hombre le devora el rabo por completo y lo hace desaparecer dentro de su boca, pero también cuando no lo consiguen, como ahora, cuando la parte mojada de saliva sobre su polla es de dos tercios y el otro queda seco, cuando no pueden tragársela entera de lo grande que es.

Uno no regala su virginidad a cualquiera así como así. Y aunque la virginidad quede ya algo lejos para Jean, tampoco regala su pedazo y portentoso culo a cualquiera. Pero Pierce se lo merece, porque tiene un rabo del tamaño perfecto para darle cobijo, porque se lo ha currado y porque el tiempo de aventuras del verano se acaba.

Le entra enterita por detrás. El cabrón se la hunde hasta las pelotas, se queda quierto y deja a Jean gimiendo, intentando acostumbrarse a ese alien en su interior. Partir ese culo de macho en dos es la puta hostia, así de claro. Y si encima mientras te lo follas te grita guarradas que te animan a penetrarle con más fuerza, eso ya te hace volar como un campeón.

Pierce la hace suyo, se abalanza sobre él, cuerpo a cuerpo. A cada batida siente el roce de sus músculos y pelos en el pecho sobre su cuerpo depilado y en la barriga el contacto calentito de un rabo y unos huevos que sabrá aprovechar a su debido momento. Los dos juntos, desconocidos amándose.

Ese momento llega pronto, tras saciar su sed de follaje. Pierce se pone con el culo en pompa al borde del camastro. Hay que saber aprovechar las oportunidades como esa, de un buen vergón, para abrirse de piernas. Después de todo un verano pinchando culos, no veas lo que se agradece que te peten un rato el ojal, que te lo peten y montarse sobre un gran instrumento.

Sentado sobre sus piernas, pajeándole duro la polla, Pierce se arrea una manola dejándose los mecos en el muslo. Recuperado de la corrida, se tumba y deja su cuerpo a merced de Jean, que ya está meneándose el rabo sobre él. Una lluvia de leche calentita empieza a llover sobre su torso. Se arrepinete de no haber puesto la boca, pero sólo necesita un gesto con la mano para rebañar el plato. De pequeño le dijeron que era de mala educación, pero qué se le va a hacer, si siempre ha sido un gamberro y además, el verano está para disfrutarlo.

ENJOY JEAN FRANKO AND PIERCE AT MEN.COM

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