Nate Anderson se va de aventuras a la montaña a cazar a un chulo que le coma la polla y la lefa en la furgo | Bentley Race

El buen tiempo invitaba a salir. Nate Anderson cogió su furgo y se piró al monte, a ver si con algo de suerte lograba convertir el lugar donde iba en una nueva zona de cruising. Aparcó en un pequeño claro rodeado por árboles. Llevaba todo lo necesario por si pillaba a un buen macho. La toalla ya estaba estirada en la parte de atrás y como hacían los animales para conseguir cita y aparearse, se subió al techo de la furgo y empezó a pajear a solas.

Su reclamo saltaba a la vista y cualquiera que pasara por allí no podría resistirse. Un chaval apañado, guapete, con sus gafitas de sol, camisetita naranja abierta por los lados y sin mangas, todavía con las zapas puestas, los calzones por los tobillos y una alucinante polla larga y gordísima para pasar el mejor de los ratos. Y por si había alguno que prefiriese mejor culo que polla, también lo enseñó. Se metió dentro de la parte de atrás de la furgo, se puso a cuatro patas y dejó su culazo en pompa, blanquito, redondete, con una raja preciosa.

Le apetecía un montón cerdear. Que le comieran la pirula en el asiento del copiloto, retozar como animalillos en celo, sudando por el calor de la furgoneta. Pensar en tantas guarradas hizo que le aumentara la temperatura corporal, así que se desnudó por completo y se dio un bañito de agua fría en el riachuelo. Ni el agua fría consiguió rebajarle la polla.

Por suerte cazó. Dio polla y comió polla. Dylan Anderson no se perdía una. Se arrodilló en la arena para comerse el rabo del chaval, protegido entre las puertas abiertas del auto. El pollón de Nate cada vez más duro, más tieso, más gordo, a punto de reventar. Dylan no paró hasta que le sacó toda la leche. Los morros, la camiseta, todo bien lefado con el abundante semen de ese chaval resbalando por la comisura de sus labios y por la camiseta. Justo lo que andaba buscando para volver bien feliz y contento a casa.

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