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El guapísimo chulazo Maori Mortensen luce cuerpazo y pollón en la arena de la playa | Bel Ami Online

A medida que iba entrando en la complicada etapa de la pubertad, mientras me salían pelos en la base de la polla y el resto del cuerpo y comenzaba a convertirme en un hombre, empecé a fijarme en los chicos morenos que eran los que me resultaban atractivos. Al poco tiempo fui ampliando mi rango de miras y empezaron a gustarme casi todos, especialmente los rubitos con ojos verde azulados como Maori Mortensen, que me ponían especialmente tierno.

La cara atractiva y guapísima de Maori va totalmente conmigo. Sus cejas pobladas intensifican una mirada que te desnuda. Nariz ancha, ese labio inferior de su boca más grueso que el superior que hacen que cuando sonríe me vuelva loco. Sus larguísimas extremidades, sus largos dedos, me hacen pensar que debajo del bañador voy a encontrar algo realmente grande que mno desentona con el resto de su cuerpo y no voy desencaminado, pero antes me fijo en ese torso hecho de puro músculo, con unos abdominales bien marcados que invitan a pasear la mano por encima y la lengua de arriba a abajo una y otra vez.

Cuando toma asiento, se baja el bañador y me mira sonriendo mientras impulsa su polla erecta con el pulgar hacia adelante dejando que admire su miembro viril, lo único que ardo en deseos es de comerle toda la polla y atragantarme si hace falta con ella, porque toda ella es de una hermosura inigualable. La bolsa arrugada de sus huevos colgando y reposando sobre la rajita de su culo de melocotón, el rabo jodidamente largo y para nada perfecrto, con diferentes grosores desde la base hasta la punta, un cipote grande y sobresaliente que está hecho para callar bocas.

Me retiro un poco hacia atrás, le miro todo en conjunto y pienso lo feliz que sería la vida si me despertase cada día al lado de un tiarrón chulazo así de guapo, musuculo y dotado cada mañana. Estaría deseando despertarme para ordeñarle, para que se metiera dentro de mi cuerpo, dentro de mi boca, para mirarle durante horas, incansable.

Al ponerse de pie y con el semblante serio, me impone una barbaridad. Justo ahora está en una arena vallada. Imagino que es el instructor y yo su alumno en una academia de entrenamiento. Juro que haría todo lo que me obligase a hacer sin oponer resistencia, al menos no aquella que yo pudiera controlar por mi parte, porque sé que mi culo, cerradito a cal y canto en el que apenas entra el pelo de una gamba, le costaría controlarlo un rato, aunque seguro acabaría dilatando al sentir sus manos sobre mi cuerpo y su cipote caliente llamando a mi puerta trasera.

Es una pena que tenga que irse. Antes me deja unas vistas que recordaré para siempre. Sus apretadas y firmes nalgas contoneándose, sus piernas fuertes y largas ligeramente separadas permitiéndome ver entre medias lo que le cuelga por delante. Puedo ver sus redondeadas bolas colgando y por delante su polla enorme colgándole aún más. De repente se para, hinca las rodillas y las manos en la arena quedándose a cuatro patas, echa la vista hacia atrás invitándome a hacer cosas muy cerdas. Juro que no sé por dónde empezar a disfrutar de todo lo que tiene. Barra libre.

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