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El chulazo de la piscina Diego Reyes se folla a su jefe Miguel Angel sobre la mesa del salón | Men At Play

Soaking Wet

No iba a utilizar la piscina hasta el periodo estival, pero nunca estaba de más tenerla presentable para las futuras visitas, las de sus vecinos siendo nuevo en el barrio residencial. Con una casa tan grande para él solo, los días que no trabajaba se hacían interminables y necesitaba tener algo con lo que entretenerse. Miguel Angel confió en su amigo, jefe de una empresa contratista, para buscarle a un chico que le limpiara la piscina, solo que el chico debía ser especial y a su amigo no hacía falta que le diera más detalles acerca de cómo le gustaban.

Tenía para él al hombre perfecto, uno capaz de levantarle la polla cada vez que se pusiera a mirarlo por la ventana mientras tomaba el café. Guapo, con unos ojazos verdes que te desnudaban de un plumazo, barbita que le daba una apariencia tan varonil como juvenil, musculado, fornido y un buen culo, Diego Reyes era su tipo ideal.

Dejó que pasaran unos días antes de atacar por donde él sabía hacerlo, poniéndole a prueba juzgando su trabajo, engañandole a posta para que sacara su carácter. Y lo sacó. No sólo era guapo y estaba bien bueno, sino que el cabrón tenía agallas. En un arranque de ira, soltó la red y tiró a Miguel a la piscina. Para cuando quiso salir de ella, le estaba esperando con los pies plantados en el suelo, bajándose la cremallera del mono hasta la entrepierna y sacando una larga, gorda y enorme polla con un buen par de huevacos para que su jefe se los comiera.

Harto de follar con tios de ciudad, demasiado respetuosos en la cama, cuánto había echado de menos Miguel a alguien así, que le agarrara de la cabeza y le obligara a tragar rabo hasta atragantarse. Diego, seguro de sí mismo y de sus posibilidades, puso a su jefe de espaldas contra la mesa, se agachó en cuclillas y le rasgó el pantalón por la parte de atrás destapándole el culo, frotando su enorme polla contra la raja y follándoselo a toda hostia.

Cuando le dio la vuelta en la mesa dejándolo bocarriba, Miguel se derritió al ver a ese chulazo. Ya se había quitado la camiseta blanca y ajustada. Si ya estaba buenorro con ella puesta, sin ella se enamoró de su torso peludo, de sus prominentes pectorales, el marcado six pack que se dibujaba perfectamente en su barriga cada vez que propulsaba el pollón hacia el interior de su hambriento agujero. Miguel se corrió como nunca, soltando todo el amor por la polla que le pringó todo el traje de lefa.

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