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Caio Veyron penetra a Lukas Daken con sus 28 cm de polla dura y le mete un festín de lefa en los morros | Tim Tales

Cuando Lukas Daken despertó en la terraza azotea de un edificio y miró a su alrededor, lo hizo contrariado. No sabía cómo coño había llegado hasta allí. En pelotas, poco a poco fue recordando lo putón que había sido ese día desde la noche anterior. Había pasado de cama en cama, de casa en casa, incluso le venían a la mente algunos flashes de haber estado comiendo un montón de rabos en los baños de un bar.

Paseó por la terraza esperando encontrar una salida, pero lo que encontró fue algo que le atrapó aún más. Un tio morenote estaba tumbado entre bonsáis, echando la siesta y se ve que estaba soñando con algo bonito, porque estaba totalmente empalmado. Y menuda polla alzaba el campeón. Lukas se acercó para observarla de cerca.

Vaya puto monumento el de Caio Veyron. Veintiocho centímetros de rabo comestible. Abrió la boca, arriesgándose a que ese chaval despertase y le diese de hostias, y se pegó un atracón de polla que lo flipas. No se dio ni cuenta de que el tio ya estaba bien despierto antes de que se la chupase. Joder, a saber cuántas pollas se había comido ya durante esas veinticuatro horas que todavía estaban veladas en su mente y todavía tenía hambre de rabo. Con tios así de dotados no podía resistirse.

Sumido en la mamada, notó las caricias de una mano grandota agarrándole por detrás de la cabeza. Era el sagrado consentimiento de que podía seguir comiendo. Y lo hizo, a costa de atragantarse y llorar, vaya que si lo hizo. Todo eso antes de poner el culo y dejar que la gigantesca barra le atravesase el trasero. Los centímetros le iban entrando y parecía no tener fin. Podía sentirla hasta el estómago. Si esa polla se corría dentro de su cuerpo, era hasta probable que vomitase todo el semen por la boca. Era una burrada hasta pensarlo, pero es que esa polla era enorme, más que enorme, deberíais tener una así follándoos para saber por qué pensaba eso.

Sentarse sobre una polla de esas dimensiones y pajearla con el culo no era tarea fácil. Obligaba a elevar el trasero y hacer sentadillas más amplias de lo normal. Cansaba un huevo, así que Lukas optó por hacerse un ovillo, abrir bien el culo y dejar que esa gigantesca polla lo penetrase a placer.

Puede que llevase casi un litro de lefa bebido, pero aún quedaba sitio para el postre. Se puso de rodillas, se colocó delante de ese pollón pajeado, abrió la boca, cerró los ojos y a los pocos segundos sintió el impacto calentito de un chorrazo fuerte de lefa encharcándole el bigote y las fosas nasales. En esa puta locura desatada, su boca comenzó a inundarse de rica leche, la que seguía saliendo de ese pollón y la que resbalaba por sus narices. Ahora tocaba digerir el semen de ese macho y echar otra siestecita bajo el sol de Barcelona. Quién sabe dónde despertaría cuando abriese de nuevo los ojos.

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