Pablo Hierro se folla a pelo a Alejandro Rubio con su enorme tranca | Fucker Mate

Nada, que al chavalín se le había antojado rabo del bueno y Alejandro Rubio no paró en toda la noche de perseguir lo que quería, hasta meterse en un retrete con Pablo Hierro y comerle toda la polla. Iba con su grupito de amigos, pero después de separarse de ellos para echar una meada y mirar el percal en los urinarios, se enamoró perdidamente, puso en marcha su juego de seducción y al final se acercó para decirle al oído que se fueran a los baños, que se la iba a mamar. Así de directo era él.

Lo mejor no fue la mamada silenciosa en la que los dos tuvieron que contener los gemidos, sobre todo cuando le hinchaba la boca de semen, sino que se lo llevó a casa, follaron y el chaval todavía tenía hambre por la mañana. Le iba a dejar los huevos secos el cabrón. Pablo ya se estaba vistiendo para salir cuando Alejandro se despertó y le pidió que se quedara para hacerlo una vez más.

Cómo resistirse a esos ojitos que le hacían empalmar como un condenado. La tenía tan dura dentro de los pantalones que enseguida se puso en pie y se la sacó para darle lo que quería. No tardó en tener unos labios calentitos de una boca hambrienta succionándole el rabo. Le volvía loquito pensar en volver a llenársela de lefa, volver a ver toda la leche rebosando entre sus labios, cayendo por su barbilla hacia el suelo.

Posó la mano sobre la parte inferior del rabo. Cuatro dedos arriba y el pulgar abajo. Todavía quedaba hueco para otra mano y más de lo larga que era, pero todo eso lo suplía con la boca y a medida que conseguía arañar unos centímetros más, quitaba un dedido de arriba. Se la chupó dejándole tumbado, a ver si así podía abarcarla entera dando cabezazos, pero era una tarea imposible teníendola tan enorme. Eso sí, le dejó un lustre exquisito, brillante del copón.

Pablo le animaba a seguir comiendo. Le colocó las dos manos sobre la cabeza y el cuello y empujó hacia abajo para que tragase más. Cuando Alejandro necesitaba respirar, se sacaba la polla de la boca y la dejaba tumbada sobre los abdominales duros como el hierro. Le encantaba ver un buen pollón encharcado en su saliva, de una longitud tan grande que le llegaba más allá del ombligo.

Y le había dejado tanta saliva encima, que fue lo único que utilizó con lubricante para mojarse un poquito el agujero del culete y empezar a sentarse sobre ese durísimo palo tan potente. Pablo se lo colocó un poco a la entrada para que se deslizase bien, Alejandro se dejó caer hasta que tuvo la polla insertada a pelo y empezó a saltar sobre ella.

Tenía un agujerito perfecto, tragón, suavecito y apretado, que Pablo no pudo conformarse con ver pajeado. Sintió la necesidad de perforarlo desde abajo con unas buenas culeadas y así lo hizo. Sentado en la primera posición no llegaba a abarcar todo el rabo entero, por lo que se puso en cuclillas, siendo esta la única forma de tragarse hasta las pelotas, además de dejar una visión perfecta a Pablo de su penetración.

Se puso a cuatro patas para dejar que ese machote guaperas descontrolado le diera bien por el culo. Estaban enganchados como perros. Si Alejandro se ponía de lado elevando una pierna, Pablo iba detrás, acomodándose a la situación y machacándole el ojete de lado, empotrándoselo con amplias penetraciones para dar gusto al chaval y para darse gusto a su propia polla.

Estaba claro que Alejandro sabía escoger muy bien a los hombres. Se puso boca arriba en la cama, con el culete al borde, separó las piernas, agarró los muslos de Pablo por detrás y dejó que ese tio pollón le reventase el culo. La cara de Pablo tan guapa a escasos centímetros de la suya, su cuerpo abalanzado sobre el suyo mientras no paraba de follarle, la cadena que le colgaba del cuello y no paraba de menearse al ritmo, fueron suficientes motivos para granjearse una señora paja.

Todavía le estaban saliendo los últimos mecos de la polla, recobrando la conciencia de la corrida, cuando sintió que Pablo le cogía la cabeza poniéndole la mano en la mandíbula a la vez que se pajeaba fuerte la polla sobre su cara. Cuando le vinieron los gemidos, aflojó, se fue colocando de rodillas por detrás de su cara y al rato le empezaron a caer espesos lefotes entre la barbilla y el bigote, algo que le hizo recordar el saborcito de esa primera vez en los baños.

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