The Ranch Hand 1: Allen Lucas se monta sobre la pollaza del capataz Sean Maygers y pone la cara para recibir su leche | MEN

Ya se lo decían sus padres a Allen Lucas cuando era pequeño, que uno aprendía a ser más hombre trabajando duro en el campo. Por eso abandonó la ciudad y todos sus mundanales placeres que siempre tenía en la palma de la mano y los cambió por una vuelta a lo básico, por el trabajo de sol a sol sin recibir nada a cambio, sólo la plena satisfacción de un trabajo bien realizado.

El autobús lo dejó a varios kilómetros del rancho campo adentro, así que tiró millas mochila al hombro andando a pie y por el camino se cruzó con uno de los currelas que se dirigía hacia allá en jeep. Fue él el que le presentó al capataz que a partir de ese día sería su jefe, Sean Maygers, un tio apuesto y corpulento que parecía inquieto por comenzar a enseñarle los útiles de labranza.

No supo si es porque lo merecía realmente, aún sin haber hechjo nada todavía, o porque con todos los recién llegados hacía lo mismo, pero le llevó a un gran garaje, se encargó de cerrar todas las puertas para que nadie más entrase, se sentó sobre el tractor, se quitó los pantalones y le invitó a comerle toda esa inmensa, larga y gorda polla que apuntaba hacia el techo, prometiéndole que si lo hacía se convertiría en su mano del rancho gozando de preferencias sobre los demás.

Allen aceptó encantado, no por la recompensa prometida, que ya sabía que las palabras se las lleva el viento, sino por lo que tenía frente a él. Hizo realidad el más vale pájaro en mano y le comió toda la polla a trompicones, haciendo que el jefazo de vez en cuando levantara el culo y le follara la jeta.

Aquello sólo era el principio. Sorprendió a Sean ofreciéndole su culazo. Se sentó encima de su polla y la hundió dentro de su agujero mientras él se quedaba a los mandos del volante del tractorcito manejando la situación y poniendo al jefe en una situación complicada para no correrse.

Aprendió que los tios del campo tenían los huevos fáciles y la escopeta cargada. Seguramente dentro de unos meses a él le ocurriera lo mismo ante la ausencia de caras nuevas, pero por si eso sucedía, prefería dejar un buen sabor de boca en su llegada, o más bien recibir ese buen sabor de boca, convirtiéndose en una putita a la que follarse sobre la máquina y en una carita de macho guapa para que hombretones como ese descargasen su pipa llena de leche.

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