Ken Summers disfruta de su macho Apolo Fire a pelo y se come toda su lefa | Fucker Mate

Su colega Apolo Fire había llegado a Barcelona y siempre que eso ocurría, Ken Summers se ponía cachondo perdido. Por supuesto no había ido a visitar la ciudad, había otro motivo. A Apolo, como buen dios del Olimpo, le gustaban las diosas, las diosas y Ken, o por lo menos así quería creerlo Ken cuando Apolo se lo decía, el único culito de hombre que él quería penetrar con su polla.

Se sentía especial en brazos de ese macho del que le gustaba todo. Su pelito rapado por los lados, engominado y repeinado, su guapísima y atractiva cara con ese bigotito de pelusa sobre unos gruesos labios que sabían besar de puta madre y ante los que Ken se rendía cerrando los ojos por la pasión. Un cuerpazo musculoso y fuerte y una entrepierna a la que hacía meses que no acudía y a la que ardía en deseos de reverenciar de nuevo.

En ese tiempo, Ken había mejorado sus aptitudes para el sexo y había aprendido trucos nuevos que dejaron a Apolo de pasta de boniato, como lo de chuparle y agarrarle con los dientes el piercing de las tetillas o hacer un jugueteo previo con la polla antes de merendársela, como si fuese un apetitoso helado italiano de cucurucho al que estaba a punto de hincarle el diente.

Le sacó la polla por el lateral de los calzones y le pareció que había crecido. Era imposible, porque ya había alcanzado su plena madurez, pero aquello debía ser como lo de las abuelas cuando no te ven en un tiempo, que siempre te dicen que estás más alto. Pues puso el rabo en vertical y le pareció más alto que la última vez, pero de igual forma lo apretó entre sus labios y agachó la cabeza hundiéndolo hasta la profundidad de su garganta.

No supo decir qué momento le puso más cachondo antes de la penetración, si el cerdeo de saliva que le aplicó a toda la polla o cuando se puso encima de ese machote y notó sus dos manos agarrándole el culo, separándole la tela de los gayumbos y deslizando sus dedos dentro de su ojete para abrírselo. Unas manos fuertes y hábiles, dedos grandes y calientes como un manojo de pollas deseando destrozarle el ojal.

Antes de dejarse follar, le puso el culazo en la boca. Quería que se lo comiese con la misma intensidad que le comía el coño a las nenas, sentir el mismo placer que ellas sentían antes de recibir a la Gran Polla. Mientras se lo hacía, Ken no paraba quieto y tenía la boca llena de rabo preparándolo para la reventada máxima.

Gateó por la cama con el culo en pompa, mirando hacia atrás a ese pedazo de hombre musculoso con la polla dura. Le buscaba con la mirada para que lo persiguiera y lo consiguió. Sus fuertes manos casi le arrancan los calzones de cuajo. Quería que se lo follara como si fuera su novia de siempre, sin condón, completamente a pelo. Un salivazo fresquito inundándole la raja del culo y a continuación un palo duro y caliente. Apolo ya se le había colado dentro.

Ese dios cabrón hacía con él lo que quería y se tiró un buen rato magreándole y colocándole el culete buscando la posición idónea para comenzar a perforárselo como un rey. Al principio iba con cuidado temiendo hacerle daño, pero Ken le tuvo que recordar que si con ellas no tenía compasión perforándoles el chochito, tampoco quería que con él tuviera compasión.

Fue entonces cuando se la metió en plan burro hasta las pelotas follándoselo como un animal. De vez en cuando giraba la cabeza para ver ese cuerpazo fuerte y grande dándole por culo. Pura fantasía. No tardó en ponerse boca arriba en la cama para ver a su querido y amado empotrador en plena acción metiéndole todo el rabo por el agujero.

A Ken no le quedó otra que abrirse de piernas ante ese hombre. Lo hacía por institno natural cuando un tio le molaba demasiado. También había otra cosa que le encantaba hacer con varones así de cachas y grandotes, sentarse sobre sus piernas, vencidos sobre la cama y disfrutar viéndoles atrapados con un culo encima que no dejaba de pajearles la polla. La mayoría terminaban preñándole al verse atrapados sin salida, pero Apolo tenía un aguante fuera de lo normal que Ken sabía aprovechar en su beneficio.

El propósito de Ken era darle razones más que suficientes para que no se fuera ya nunca más de Barcelona. Le dio una primera razón que casi le deja los huevos vacíos, haciendo twerking sobre su polla, meneando el culo con rapidez, como si fueran un par de tetas turgentes proporcionándole la paja de su vida. Ellas tampoco podían plantarle un buen rabo sobre el torso cada vez que se sentaban sobre su rabo y se lo clavaban por completo, un plus que era exclusivo de los hombres.

Le hizo el avioncito sin sacarse la polla del culo y dejó que se recrease un rato con las vistas de su hermoso y suave trasero abarcando todo su tronco. Sabía que a tios como él era una de las cosas que más les gustaba, ver cómo sus enormes vergas se reducían a la nada y desaparecían dentro de un culazo tragón.

No se equivocaba. Apolo se puso tan cachondo, que le levantó las piernas y lo dejó en volandas sobre su cuerpo, tan sólo enganchados por su polla, que no paraba de perforarle el ojete con mucho vicio. A Ken se le entornaron los ojos al ser penetrado con tanta pasión y se le escapó una sonrisa de gusto incontrolable.

Volvió a sentarse sobre las piernas de ese macho y le brindó una paja lechera. El torso fuerte y musculoso de Apolo no tardó en ser regado por unos buenos chorrazos calentitos de lefa. Cuando se recuperó de la corrida, Ken acudió raudo a lamer sus heridas, entreteniéndose en el agujero del ombligo, donde siempre solía quedarse encerrado ese chupito de semen tan sabroso.

Con la boca pringada de su propio semen, bajó a la entrepierna de Apolo y le chupó la polla. Demasiada guarrada para tener los cojones tan calientes, Apolo le dio un besito probando la miel de sus labios y le pidió correrse en su cara. Ken puso la cabeza al borde de la cama y Apolo empezó a pajearse de pie sobre ella a punto de bautizarle.

El primer lefazo fue directo a la boca, tan espesito y pastoso que Ken tuvo que cerrar la boca y los lefotes se le salían por entre los labios. Otro lefazo más y otro más, todos caían dentro de su boca y aquello se estaba convirtiendo en una puta merendola épica. Apolo se sacudió la polla dura como si hubiera terminado de mear el muy cabrón, haciendo que salpicasen al viento más calostros que terminaron sobre la cara de Ken de forma dispersa.

Lo que le daba Apolo no se lo daba nadie. No tenía los cojones cargados de leche que resbalase, sino de lefa bien consistente que aguantaba el paso del tiempo, de la que después se quedaba dura sobre la tela de los calzones, haciendo que raspase. Abrió los ojos y vio la entrepierna de un buen macho encima de él, su polla grandota recién corrida meneándose ligeramente. Aunque le apatecía sacar la lengua y relamer esa última gota de pegote que se le había quedado en la rajeta, hubiese significado romper la magia, así que se quedó quieto, disfrutando del sabor de Apolo en su boca y de una verga que olía a semen colgando sobre su cara.

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