Bo Sinn da de comer rabo y se folla a pelo a Jack Hunter en la guarida | BROMO

Me sentía como un animal enjaulado, avocado a que otros se aprovechasen de mí. No me sentía así, lo era. Me pasaba el día sentado o de rodillas entre rejas, en un cubículo de medio metro de altura. Entonces escuchaba un ruido que me helaba la sangre y me inspiraba respeto a la vez que estaba deseándolo. Era el sonido de mi amo, el sonido de la libertad, el sonido que traía la única comida que probaba al cabo del día, dos veces al día.

A esa altura apenas lograba verle hasta el cuello, pero nunca la cara hasta que me sacaba de mi pequeña celda. Antes de eso, se encargaba de hacer unos preparativos que más bien eran como un ritual. Entraba desnudo de cintura para arriba, cogía la camisa negra que tenía al lado de la puerta en el perchero y se la abotonaba hasta el cuello. Podía ver cómo desaparecían sus tatuajes bajo la tela negra que lo envolvía.

Entonces se daba la vuelta y andaba hacia donde yo estaba con paso firme, con algo enorme y duro saliéndole por la bragueta, el gran palo que me daba de comer. Me inspiraba tanto temor como placer, porque sabía que después de chupar, después de dejarme follar duro por el culo a pelo, si lo hacía bien, al final tenía recompensa y ese día comía.

Sólo tenía que acercar la cabeza a los barrotes, abrir bien la boca para recibir toda esa enorme y gigantesca polla y apretarla entre mis labios todo lo mejor que sabía y podía. Con el tiempo había aprendido a hacerlo de tal forma que, antes de que me sacase de allí para metérmela por el culo, podía recibir parte del néctar. Tan sólo tenía que amar la polla dentro de mi boca y recibía unas gotitas como recompensa al esfuerzo que me endulzaban la lengua.

Cuando me sacaba lo hacía con correa, siempre como a un perro. Podía ver entonces su cara, pero por poco tiempo, el justo, antes de que me diera la vuelta mirando hacia la dura pared de hormigón y me metiese todo eso por el culo enfilándolo una y otra vez sin descanso, para su propio beneficio. Sólo se dejaba exponer su rostro más de la cuenta cuando me follaba boca arriba en un suspensorio. El cabrón lo empujaba como si fuese un columpio y yo sabía que a la vuelta me esperaba la endiñada de todo ese palo, tan duro como el hormigón de la pared.

Me gustaba que me diese el alimento directamente en la boca. Esos días me llevaba de nuevo a la celda, volvía a meter su barra entre los barrotes y yo se la chupaba hasta que me inundaba la boca con un mar de leche. Otros días me encharcaba el culo antes de tiempo y entonces, con el semen cayendo entre mis piernas, tenía que esperar a que él se fuera para pasarme los dedos por la raja del culo y recogerlo. Tenía que ser bueno, tenía que portarme bien. Algún día saldría de esa mazmorra.

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