Un no parar de tios dándome rabo | Sketchy Sex

Mi compi de mi nueva casa conocía a muchos de los chicos del barrio al que acababa de mudarme. Cuando vi la calaña que se paseaba por aquellas calles, con montones de chulazos tatuados, guaperas con piercing y con fuertes biceps luciendo sus musculitos en camisetas de tirantes, tardé poco en decirle a mi compi que había llegado la hora de convertir esa casa en una casa de putas, o más concretamente en la casa de la puta, es decir, yo.

Mi colega me prometió una primera sesión de alucine, porque todos aquellos pibes se pirraban por un buen culito y por poder meterla a pelo. Desde luego el primer maromo que me zumbó ya habría sido suficiente. Era alto, fuerte y tenóia una polla larga y gorda con la que me penetró el ojete y me lo dejó cojonudo de la hostia. Yo sólo quería agarrarme a sus pectorales y montar sobre esa polla de caballo que me estaba dejando fino. La parte que más disfruté fue cuando me abrazó fuerte mientras me la metía enterita por el ojete. Una gozada.

Como digo, con él ya me habría bastado porque me dejó completamente satisfecho de hombre, de rabo y leche, pero el cabrón de mi colega cuando promete, lo hace con todas las de la ley. Después del primero, entró otro, y otro y otro más. Todos querían joderme el culo y tener sus pollas bien acicaladas. Yo no daba a basto con tanto rabo y al final me convertí en una puta de verdad pero de gratis, con montones de rabos, huevos y lefa a mi alrededor las veinticuatro horas del día.

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