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Armond Rizzo se deja preñar por el pollón brasileño de Carlos Leao | Fucker Mate

Mano Martínez
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No es otro blog gay

Para eso se la pasa cocinando desde primera hora de la mañana Armond Rizzo, para que su ligue llegue por detrás diciendo que tiene hambre, pero un hambre que nada tiene que ver con la comida que hay en la encimera, sino de él. Al fin y al cabo es tan achuchable, se hace querer tanto y tiene un culito atrapa pollas tan tierno, que quién va a reprochar a cualquier tio que desee pasar de la comida y piense en penetrarle hasta el alma.

Le encantaba enrollarse con hombres grandes, fuertes, varoniles, que tuvieran un torso musculado y unos buenos brazos para poder lanzarse a ellos como los de Carlos Leao, que lo cogieran en volandas y les hiciese entender que a partir de ahí era su juguete preferido. Porque seamos sinceros, a qué hombre no le gusta penetrar un ojete super apretadito, viciarse mirando cómo su polla se cuela por un espacio casi imposible y desaparece centímetro a centímetro destrozando todo a su paso. Va innato en nosotros desde que somos pequeños, nos gusta destrozar los juguetes, disfrutamos con ello.

El rabo gordo, larguísimo y bestia de ese brasileño le iba a hacer mucho daño, lo supo en cuanto lo tuvo entre sus manos y desde que su cipote se amoldó a la fuerza dentro de su boca al mamársela. Se tuvo que dejar el resto con su manita, que apenas lograba rodear con los dedos toda la circunferencia del cacho rabaco y mira que no le gustaba emplear los dientes, pero era tan gorda que no había forma de abrir más la puta boca.

A pesar de todo intentó tragar al máximo, aguantando estoicamente las enculadas de ese cabronazo. Lloró por él y se dejó la saliva, que ya embadurnaba y dejaba brillante el tronco morenote. Cuando más chupaba y más engrasadita la dejaba, más se le colaba por la garganta, más crecía y más dura se ponía. Joder menudo cacho bate tenía el brasileño entre las piernas, eso era descomunal a todas luces.

Lo tumbó en la cama y le puso el rabo en vertical justo delante de su cara mirándolo fijamente mientras le devoraba la polla lentamente sumergiendo el capullo en su boca, escupiendo las babas encima, escondiéndose detrás del rabo y pegándole una relamida desde los huevos hasta la punta del cipote. Su mirada era tan de vicio puro que hubiera sido el momento perfecto para dejarle los lefotes encima. Era lo que se merecía.

Ellos gozaban con su cuerpo pequeño y manejable, pero él se lo pasaba pipa con rabos así de grandes. Sabí por experiencia que a los tios super dotados les encantaba sentirse más grandes todavía y eso de tener dos manitas acoplándose a su polla, haciéndola parecer incluso más enorme todavía y pajeando duro, les ponía cachondos.

Carlos salivó como un perro al tener enfrente el ojal del pequeñín. Joder, era super apretadito y tenía ya hecho un buen boquete. La de pollas que le habrían metido al chavalín. Era tan super follable que no le extrañaba. Igual que Armond se había dejado las babas al chuparle el nardo, Carlos se dejó las suyas lubricándole el ojete, tanto que ya le colgaban por la barbilla. Iba a hacer falta.

Ya metiendo la lengüita, se dio cuenta de que el espacio, a pesar del boquete, era reducido. En el fondo hasta sintió pena por el muchacho al escucharlo gemir. Si ya estaba así por la puntita de la lengua, qué iba a suceder cuando le clavara todo el pingajo.

Decidió no demorar más ese momento. Utilizó el culazo con su saliva como un pincel en el lienzo para engrasarse la polla y comenzó a metérsela sin condón poquito a poco. El cipote se amoldó de lujo y el tronco fue labrándose camino acompañado de un largo gemido del chavalín, que notaba cómo se le nublaba la vista y era invadido por otra presencia dentro de su cuerpo.

Mira que estaba acostumbrado a grandes porras, pero seguro que le hubiera encantado contemplar el machaque de esta, que le daba por detrás como si le estuvieran metiendo un puto bate de beisbol por el culo y que le estaba obligando a ceder hasta ponerse boca abajo de bruces besando las sábanas. Armond sólo era consciente, escuchando el sonido de los cojones impactando en la raja de su culo, de que toda aquella barra morenota y gigante cuyo cipotón apenas le cabía por la boca, ahora estaba desfilando una y otra vez enterita por las paredes de su tierno agujero hasta dejarle ciego.

Lo mejor de su culazo era que enseguida se amoldaba a los intrusos, entonces llegaba el momento perfecto para cabalgar al vaquero. Por primera vez desde que le penetró, lo tuvo frente a frente. Mientras saltaba sobre su polla y se la pajeaba duro, contempló ese cuerpazo brasileiro y su cara de macho empotrador. Prefirió darse la vuelta, porque lo que más le apetecía en ese momento era cascarse una paja y dejarle todos los mecos entre esos fuertes pectorales a los que estaba agarrado, y no quería que aquello acabase pronto.

Al darse la vuelta, se quedó en volandas posando los piececitos encima de las piernazas de ese campeón. A Carlos no le hizo falta agarrar al chaval, el enganche entre la polla y el culo era tan fuerte que ya servía como eje de agarre. Armond volvió a hacer el avioncito sobre el rabo sin sacárselo y en esta vuelta Carlos se levantó poco a poco de la cama, los dos abrazados y se puso de pie con Armond en volandas.

Plantó sus manazas en cada cachete del culo y lo impulsó varias veces hacia arriba dejando que en la caída se tragase toda la polla. El chavalín permanecía con los brazos alrededor de su cuello como un koala. Ni siquiera se la sacó cuando, con mucho cariño, le plantó boca arriba con las piernas abiertas a tope sobre la cama. No quería ni ver el pedazo agujero que le estaba haciendo, porque si no le iba a dar lástima y se le iba a bajar, prefería seguir azotándole el culo a pollazos hasta reventar los huevos.

Aunque le hubiese dado por mirar el ojete, ya le digo yo que no s ele hubiera bajado, al contrario, se hubiera puesto más cachondo al ver la perforación de su rabo y cómo el contorno del agujero cedía una y otra vez al paso de su enorme verga. Eso sin contar la delicia de ver y escuchar sus cojones al llegar al tope. Aquel culazo ya se había convertido en un guante para su polla.

No quería, Armond no quería, intentó parar la paja pero la mente le jugó una mala pasada y el placer que le daba el rabo de Carlos tampoco ayudó. Un chorrete de lefa le salió al chavalín del capullo. Carlos siguió dando duro. Le hizo un gesto de que se iba a correr y Armond no le dijo nada. ¿Le dejaba preñarle entonces? Al brasileño empezó a salirle leche por la polla cuando todavía la tenía dentro. Cuando la sacó, decoró la entrada del culete del chaval de blanco con más lefazos, pero ya que le había dejado la preñada, se la volvió a meter dentro al calorcito. Su rabo salió de allí lubricadito y brillante lleno de babas y de su propio semen. Se dejó caer sobre Armond y se lo comió a besos.

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