Ray Diesel mete su pollón gigantesco a pelo en el culazo de Gustavo Rodriguez | Fucker Mate

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Le encantaba meterse en las duchas con los chicos en sus primeras citas, era algo así como cumplir una y otra y otra vez esa fantasía que le había marcado de adolescente cuando iba al gym, cuando no le quedaba más remedio que asomar la cabeza por encima de la mampara que le separaba de los otros cubículos de otros chavales y se ponía cerdo viendo abdominales, pijas bamboleándose de un lado a otro impulsadas por la fricción de unas manos que no paraban de enjabonar con fuerza unos cuerpos fornidos.

Desde entonces, hombre que se llevaba a la cama, antes debía pasar por una ducha a su lado, una especie de penitencia que él mismo se autoinculcaba, por todos los tios a los que no había podido comerles antes el rabo.

No se conformaba Gustavo Rodriguez con cualquier cosa. Su apetito sexual era desmedido y buscaba la misma medida en los demás. Ray Diesel no era su primer tio morenito, pero lo que le colgaba entre las piernas era todo un reto hasta para él, hombre avezado en las grandes pijas. Lo de Ray era… cómo decirlo… descomunal. Todavía la tenía en reposo cuando se agachó en la ducha a mamársela y aquello ya era algo más que salami, que doble de salami y mortadela, mucho más que la salchicha más jodidamente gorda que hubiera visto en su puta vida, aquello era un morcillón de Burgos de los buenos y estaba riquísimo.

Como buen rabo gigante que se precie, esa polla descuadraba por todas partes. Los ingenieros podrían hacer que cualquier edificio alto quedara recto, pero a la naturaleza no se le daba nada bien eso de crear grandes cosas sin que salieran torcidas y hechas para los más cerdos como él. La puta polla le llenaba toda la boca y cuanto más crecía y más larga se hacía, más ganas le entraban de comérsela y menos le cabía. Era un quiero y no puedo que le llevó a echar unas cuantas lágrimas por el esfuerzo de tragar y de la que se llevó unos cuantos azotes calentitos y mojados en las mejillas.

Unas grandes manazas se posaron sobre su culazo y Ray hizo varios intentos por sacarle fuera de la bañera e ir a un lugar más cómodo, pero Tavo se resistía a dejar de comerle la polla. Un pepinaco negro y gigantesco cilimbreaba ante sus ojos, duro y dobladito hacia abajo, irresistible.

Ante la insistencia de quien en ese momento tenía la sartén por el mango, Ray decidió quedarse allí y abrirle el ojete en la bañera. Le colocó una pierna en el borde y sumergió sus morros en toda la raja abriéndose camino con la lengua en su interior provocándole gemidos. Además Ray se aprovechó de la buena pija que a Tavo le colgaba y le pegó unos merecidos lametones desde la punta del capullo hasta le agujero del culo, para pasar después a pajearle la polla como quien saca la leche de las ubres a una vaca.

Sin un puto condón a la vista y con lo cerdaco que lo tenía ya, Ray decidió meterle la polla completamente a pelo. Le costó rebanarle el culo en las primeras enculadas y se notaba lo mucho que le costaba a la polla deslizarse dentro de su preciado agujero, pero a medida que la metía y la sacaba, ese culo tragón ya se la comía como si la hubiera tenido dentro toda la vida.

Tavo era un fetichista de las folladas. Le encantaba recrearse con las sensaciones que las diferentes pollas le producían cuando estaban en su interior. Las empinadas en ángulo de ciento ochenta grados prefería montarlas a caballo, las largas y finas no sabía por qué le hacían correrse antes de tiempo y las amorfas y gigantes como esa le tocaban puntos impredecibles y con los que redescubría el sexo con hombres una y otra vez sin cansarse. Era un vicio.

Otra vez, no pudo resistirlo. Verlo salir de la ducha con el rabo colgando, el momento en el que se puso la toalla por encima y se marcó todo el contorno enorme. Era como tener a un stripper de esos que abrían los ojos como platos a las mujeres y les mojaban el coño en las despedidas de soltera al menear sus rabos morcillones por debajo de finas telas blancas. Le sentó en el sofá, se coló entre sus piernas, le agarró la polla lo más fuerte que pudo y se puso a pajear y mamar como loco.

Mira que hacía pocos minutos la había tendio dentro hasta los huevos, pero verla ahí empinada era una sensación diferente, como si el hecho de que se la empalase por el culo en aquel momento pareciese algo imposible por su tamaño. Aún así lo hizo. Se sentó sobre las piernas del papito y empujó el culete hacia abajo intentando tragar más y más. La muy puta de la polla no entraba entera ahora, era gordísima. Ray tuvo que culear desde abajo para meter el resto y aún así no fue posible.

Casi diez apetitosos centímetros se quedaron fuera, aunque pronto fueron cubiertos gracias a la habilitad como pajeador porculero de Tavo. Se echó un poco hacia atrás, se agarró fuerte a las grandes piernazas de Ray y le brindó pajote arrastrando, subiendo y bajando su culazo por toda su herramienta.

Tavo hacía con los hombres en la cama lo que le venía en gana, su culazo tragón era su salvoconducto. El último paso en su recorrido fetiche era ponerse boca arriba con las piernas abiertas y observar el poder de un macho penetrándole con fuerza. Le molaba fijarse en los rostros de los tios, en las caras que ponían al gozar de su culo, en sus torsos desnudos marcando todos los músculos y abdominales por el esfuerzo.

Era justo en ese momento en el que Tavo se ponía tan cachondo que se deslechaba encima, pringándose los alrededores del ombligo con lefa blanca y espesita. Los tios siempre continúaban dándole por culo y les dejaba a su elección dónde correrse. Ray lo hizo dejándole unos ingentes lechazos sobre la cara. Le sacó la polla del culo, puso la porra encima de su jeta y con un par de manguerazos y estrujándose el rabo, se sacó toda la leche que tenía de reserva en los cojones. El pollón corrido, largo y gordo colgando entre sus piernas, brillante con la lefa encima, fue otra maravilla digna de observar. Ahora vuelta a la ducha y no le cabía la duda de que iban a repetir.

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