Guillaume Wayne y Alvaro Fizz pollón francés para culazo español | Fucker Mate

París, la ciudad del amor. Alvaro Fizz siempre había soñado con esa velada romántica en un restaurante tranquilo, con velas encima de la mesa, la Torre Eiffel de fondo y besos bajo las estrellas. Se imaginaba conociendo a un chico francés con el que después terminaría en la habitación de un hotel, donde seguirían los besos apasionados y románticos, sin necesidad de bajarse los pantalones aunque lo estuvieran deseando. Lo guardarían todo para la siguiente cita, aunque después cada uno en su habitación se matase a pajas por las ganas.

Pues sí, una cosa son los sueños y otra la realidad, porque al final no hubo cena romántica bajo las estrellas ni sólo besos conteniendo las ganas. Al final se fijó en el que tenía pinta de más malote y cabronazo de todos, el francés a su vez se fijó en su culo que no podía ser más buenorro y acabaron enzarzados en la habitación del hotel follando a pelo como animales.

En lo primero que se fijó Alvaro fue en los tatuajes y el cuerpazo atlético de Guillaume Wayne. El tio estaba bien fornido e imaginaba que un cuerpazo así se correspondería después con una buena polla bajo los calzones, y no se equivocaba. Lo ajustada que le quedaba la camiseta marcando pectorales y biceps fue un plus de agradecer. Si un tio le follaba el culo, quería unos buenos abrazos y un cuerpo musculoso, quería verse atrapado entre la espada y la pared por un macho de pro. Lo que terminó de desatar al animal sexual que llevaba dentro fue la cara de macho cabronazo y el piercing en la ceja. Ya podía ver esa cara de cabrón sobre la suya, haciendo esfuerzos por clavarle el rasbo hasta lo más profundo de su ser.

El momento previo a descubrir lo que guardaba entre las piernas, fue una locura que le puso la piel de gallina. Alvaro se estremeció al probar ese beso francés de labios húmedos, con sus lenguas entrando poco a poco en la boca del otro, juguetonas, sin prisas. Después más besitos por el cuello, mientras se desprendían de las camisetas. Esperaba de él que fuera más agresivo, que directamente le bajase los pantalones y le obligase a chupársela, pero todo fue mucho más cachondo. Él también se estremeció cuando le rozó el cuello, que debía ser una de sus zonas erógenas. Después se tumbó sobre la cama y dejó que Alvaro descubriese por fin el mazo que le iba a penetrar hasta la garganta.

Mientras le desabrochaba los botones, ya podía notar el calorcito y la dureza de una enorme polla. Descubrió que la tenía bien protegida bajo unos gayumbos blancos, empinada ligeramente hacia la izquierda, porque de haber estado recta se le saldría por encima de la goma. Alvaro se acercó para esnifar olor a rabo y no tardó mucho en desempaquetarlo, dejando al aire una hermosa polla de una buena pieza, recta y dura, tan larga que le llegaba hasta el ombligo.

La mojó un poquito con la lengua metiéndole un repaso desde la base del tronco hasta el cipote antes de cogerla con la mano y empezar a pajearla suavemente. Se la metió en la boca cubriéndola con los labios y tuvo ayuda de Guillaume, que colocó su mano detrás de la cabeza, para tragarla a placer. El parisino se levantó y empezó a forzar un poco más. Le folló la cara cogiéndole por los pelos, le coló la polla por la garganta y le obligó a dejarla allí unos segundos, con los labios rozando los pocos pelillos depilados que tenía. Aquello ya no era chupar polla, era un reto por tragársela hasta los huevos y así lo intentó una y otra vez, pero era tan larga que no lo consiguió.

Engrasada la polla, era hora de repasar el culo. Guillaume colocó la jeta en la raja, cruzó las manos que colocó en cada pandero para abrirle bien el ojete e hizo alarde poniendo el listón bien alto de lo que sabe hacer todo buen francés, una buena comida de culo. Además de a lengüetazos, empleó los dedos, unos dedos que no tenía demasiado gordos, pero sí largos y fuertes. Aún así quedaban apretaditos, así que no quiso imaginar lo que sufriría su polla ahí dentro. Si se le escapaba una preñada no era culpa suya.

Un salivazo certero cayendo desde arriba y mojando a la vez la entrada del agujero y su cipote, fue el único lubricante necesario para comenzar a penetrarle el ojal sin condón. Se la metió poco a poco y sin retroceder ni un centímetro para coger impulso. La dejó dentro, enterita, hasta verla desaparecer entre sus cachetes y después se puso a bombear. Follaron como perros. Guillaume colocó el culazo de Alvaro entre sus piernas y su torso sobre la espalda del chaval, los dos bien juntitos disfrutando de la follada. El francés se acercó a su cara y ambos compartieron gemidos apagados y mucho vicio. Ninguno podía ver justo en ese momento un plano que era una delicia, pero podían mirarse y saber lo que estaban sintiendo el uno por el otro, otra forma de amor en la ciudad romántica.

Impresionante cómo dos personas podían enamorarse sin mediar palabra, conociendo un único idioma universal, el de los gestos y necesidades. Las únicas formas de no perderse el cuerpo atlético que le estaba zumbando el culo, eran meterle una montadita, sentándose sobre sus piernas y clavándose el enorme palo, pero la mejor sin duda era tumbarse de espaldas sobre la cama, elevar las piernas, dejar el culo abierto y admirar ese cuerpazo musculoso metiéndole todo el injerto.

Alvaro elevó cada vez un poquito más el culo para conseguir lo que quería, una taladrada de arriba a abajo y todo ese cuerpo sobre él, fuerte y sudado, que le estaba poniendo cachondo. Alvarito se quedó ciego de gusto. Apenas percibía le movimiento de un cabronazo penetrándole el culo a mazazo limpio y una vara larga fundiéndose en su interior una y otra vez, entrando y saliendo. La paja que se metió le dejó ciego total y el gustillo de la corrida pareció interminable teniendo todavía esa polla larga crujiéndole el culo.

Guillaume sacó la polla del culo, la acercó a su pecho y se puso a cascarse una paja encima. En el momento de la corrida, acercó el rabo a la cara de Alvaro y le soltó una buena tanda de chorrazos calentitos de lefa que le dejaron parte de los critales de las gafas empañados. La mayor parte empezó a caer en los morros y dentro de la boca que tenía entreabierta. Guillaume se acercó a la boquita que había dejado mojada y volvieron a practicar de nuevo el beso francés, metiendo la lengüita de poco a poco, esta vez con todo el sabor de sus cojones encima.

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