Ay el trabajo en un hostal cuántas fantasías despierta. Ahí está Denis Sokolov, tocándose un nrato los huevos, limpiando los cristales de una de las habitaciones a su ritmo, que si le viese el gerente le mandaba bien lejos, pero es que le chaval tenía la esperanza de que aquello fuese más divertido. Su idea de trabajar en un hotel, será de tantas pelis guarras que ha visto, consistían en que día sí y día también los huéspedes llamaban al servicio y al entrar por la habitación le estarían comiendo la polla o entrar a limpiar y pillar a una pareja en plena faena.

Nada de nada, ahí estaba él trapo en mano, haciendo como que miraba el cristal pero con la mente en todas sus fantasías frustradas. Vamos, que ni una pajilla entre compañeros de curro en el cuarto de descanso. Total, si tenía sólo un compañero masculino y no le molaba para nada. Estaba tan centrado en sus penas que no se dio cuenta de que una de sus fantasías estaba más cerca de lo que podía imaginar.

No fue hasta que salió de su ensimismamiento y enfocó la vista tras los cristales, hasta que vio algo que le puso el rabo más contento que unas pascuas y el culito como un refresco de verano. La cara de tristeza dejó paso a una sonrisa de vicio al ver a un tiarrón del otro lado en el cuarto mirándole y haciéndose una paja. ¿Cuánto tiempo llevaba ese maromo ahí recreándose con su cuerpo y él sin haberse dado cuenta?

Tímido y haciéndose de rogar, aunque por dentro ardía en deseos de que le empalase con la polla, se acercó lentamente a un rabo que, en cuestión de segundos, pasó de estar pajeado por su dueño con dos deditos y flácido, a mantenerse erecto y enorme entre sus piernas, preparado para recibir una buena mamada. Primero le acarició los muslos, después lhizo una primera toma de contacto para comprobar la dureza del tronco, la desestabilizó un poco y se puso más cachondo todavía viendo cómo rebotaba la muy puta hasta volver a quedarse recta mirando al techo.

Nunca sabría que se llamaba Diego Summers, que aunque hubieran cruzado alguna palabra no se habría enterado de nada porque hablaba alemán, pero ahí estaba la magia de los hostales y sus fantasías, delante de él, una magia a la que poco le importaban los idiomas ni los nombres si ya estaba el sexo para hablar por sí solo. Con mucho tacto, aquel tio le propició algunos besitos invitándole a comerle todo el nardo.

El tacto del cabezón suave y saladito entrándole por la boca le erizó los pelos de lugares que no estaban escritos. Además ese rabaco olía a auténtica polla de macho y dejó la cara delante olisqueándolo como un cerdo a la vez que sacaba la puntita de la lengua y le pegaba una relamida con ella. Se habría quedado más tiempo adorando aquel tótem si no fuese porque estaba deseando que aquel macho tomase posesión de su culo y notar cómo se le colaba por dentro hasta desnudarle los pensamientos más impuros.

Se deslizó hasta quedarse encima y puso su trasero a disposición. Diego enseguida y muy hábilmente se enderezó la polla y la colocó justo en el valle entre sus cachetes, con la punta acariciando la entrada del ojete, a punto de abrirse camino. Pero Denis juguetón, se lo pensó mejor, que había sufrido mucho para poder encontrarse en una de esas dentro del hotel, por lo que dio media vuelta y dejó que le pringase el agujero de babas mientras él se dedicaba a seguir jalando el rabo y las pelotas.

Con las motitas oscuras surcando la superficie de la piel del pollón, aquello era como estar comiéndose un plátano de Canarias de pura cepa, de los de calidad. Le encantaba echar saliva desde arriba y ver cómo caía en la raja del cipote para después merendárselo enterito. Y a mayor presión, más cariño recibía por detrás en su precioso culito. Podía notar en su ojete la intensidad de los gemidos, el aliento y todo el amor que ese tio tenía reservado para él.

Sus labios eran cojonudos, pero lo que precisaba de él ahora todos sus cuidados era la cacho polla gorda que estaba deseando tener dentro. Sabía que estaba preparado para engancharla toda entera, pero también sabía nada más vérsela empinada que se le iba a quedar muy pero que muy justa en el hueco, aún si se lo trabajaba bien con la lengüita. No se equivocaba y eso le proporcionó un gustazo para flipar en colores. Entró super ajustada hasta completarle el agujero, pero en su justa medida, ni demasiado holgada como para ir como Pedro por su casa ni demasiado grande como para que no pudiera resbalar bien hacia su interior. Encajaban perfectamente el uno con el otro, como debía ser.

Una manos grandes y calientes se posaron sobre sus hombros, sentir cómo se rendía sobre sus espaldas mientras no dejaba de meterle polla, después un abrazo de los que no te dejan escapar. Dueño y señor de ese culo que a partir de ahora le pertenecía. Ni lubricantes ni hostias, con saliva y a pelo. Le tenía loquito gimiendo a cuatro patas. Tan sólo se recomponía cuando él le sacaba el rabo apenas un par de segundos para lubricarse con babas antes de volver a metérsela.

Sentarse en las piernas de un tio mientras te clavas la polla es una de las cosas más excitantes que puede haber y Denis supo muy bien que quería hacerlo, que necesitaba hacerlo, cuando vio su tamaño. Una polla así de gigante y gorda se merecía una paja con su culazo sí o sí.

No los había notado hasta que volvió a afrontar la postura a cuatro patas. Los cojones golpeándole la entrada del ojete. Los pudo sentir calentitos, apenas rozándole por encima, pero fue suficiente como para volver a erizarle el vello. Los imaginó cada vez recargándose más de leche, una leche que quería ver explotar encima suya. Ya habría tiempo para dejar que ese jarabe delicioso le pringara donde él mejor quisiera.

Aguantó como un jabato las embestidas. No eran fuertes ni violentas, pero sí certeras. Se habría doblegado dejándose caer sobre la cama con el culo en pompa, de verdad que le habría gustado, hacer que aquel tiarrón le viese por los suelos y haber dejado que se lo follase como a una puta rompiéndole el culo, pero no se lo iba a dar todo a la primera, que aquella fantasía le había costado cara en relación a sus sentimientos.

Eso sí, le dio a probar un poquito de lo que tendría si lo hacían de nuevo otro día. Se acostó boca arriba sobre la cama y le dejó las piernas abiertas para que se lo follase como le viniera en gana y, con la polla dentro, le demostró lo mucho que le había gustado corriéndose encima. Por si tenía alguna duda de si eran un guarrillo o no, comprobó que no, que aquel macho era todo un guarrete que no tenía reparos a la hora de hacer resbalar sus manos sobre la leche de otro tio.

Mira que ya había casi decidido dónde la quería él, pero Diego le fue conduciendo con la mirada y se dejó llevar. Le hizo posar su polla corrida y los cojones entre sus pectorales mientras él por debajo se cascaba una paja que, de no haber estado él, se habría hecho a solas y de alguna manera se habría cruzado con su esperma al recoger las sábanas. Pero aquello era mucho mejor que tocar lefa ajena sin saber que está ahí. Era asistir en directo al deslechamiento de un rabo en un hotel.

No lo vio porque estaba de espaldas dejándose comer el trabuco y siendo el objeto de deseo de otro para su paja, pero como si lo viese. Diego empezó a soltar unos gemidos de animal que se intensificaron cuando le empezó a brotar la lefa salpicando su cuerpo depiladito y Denis se centró en ver la cara descompuesta de ese machote mientras lo hacía. Cojonuda. Se clavó por última vez aquel pollón dentro del culo, ligeramente engrasadito. Desde aquel día, su labor limpiando ventanas fue recompensada con muchos frutos.

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